Archivo diario: 4 abril, 2013

Las efemérides hay que celebrarlas

Fue hace 20 años y como la memoria no me falla, de momento, voy a recordarlo.

No habían pasado ni 8 meses de todo aquello y la inercia vital a los 30 años no la frenaba ni el horizonte más oscuro.

El año 1992 estuvo lleno de acontecimientos enriquecedores y estimulantes, claro que es como yo los viví. Al año de la Exposición Universal de Sevilla, la “Expo” a secas para entendernos, se unieron Los Juegos Olímpicos de Barcelona, lo que nos situaba en el centro del universo por unos meses. Un tren, orgullo de ornitólogos, te acercaba a Sevilla en menos tiempo que lo que tarda Charlton Heston en salir de galeras y encontrar a su madre y hermana, en Ben – Hur. Hasta Freddie Mercury unió su voz a la de Montserrat Caballé en una conjunción de lo mejor del rock y del “bel canto”. Y todo gustó.

En lo personal, terminando el cuarto año de mi especialidad en el Hospital Doce de Octubre, la guinda del pastel fueron los dos viajes a la “meca”  de la dermatología.

En Junio más de diez mil dermatólogos de todo el mundo estuvimos reunidos en Nueva York, en el  Congreso Mundial de Dermatología, donde se podían ver posters de casos clínicos, desde Australia a Perú. Y eso que todavía no se hablaba de globalización.

Nueva York, Junio de 1992

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Son muchos y variados los recuerdos que me quedaron de la ciudad que nunca duerme. El paseo por sus calles te brinda estímulos sin pausa, el ritmo frenético te contagia desde que sales del hotel. Nos daba tiempo a todo; sesiones del congreso y visitas a museos, cena en el restaurante giratorio del hotel Marriott Marquise y paseos por los distintos barrios, descanso en Central Park y gala de clausura en el Radio City Music Hall con Liza Minelli y las espectaculares rockettes…Parece que siempre estuviste allí.

La puesta de sol desde lo alto de las Torres Gemelas me acompaña siempre, con ese reflejo áureo sobre el río Hudson y el brillo intenso que se intercambiaban los cristales de los majestuosos edificios y la superficie del agua. Después de años de duelo, me dicen que el río está a punto de volver a mirarse en los ojos de una nueva torre, que seguro hará olvidar el dolor pasado.

Torres Gemelas y rio Hudson al atardecer.

Torres Gemelas y rio Hudson al atardecer.

Diciembre en California se parece al verano, por lo que el segundo viaje se antojaba una continuación del primero, pero con un paisaje más amigable, donde civilización y naturaleza se mezclan en lo que es una seña de identidad de ese país. El pretexto era la reunión anual de la Academia Americana de Dermatología (AAD) en San Francisco.

Ni que decir tiene que llegados a esas latitudes disfrutamos de unos días extra, previos al congreso, recorriendo la costa hacia el Sur, para volver por el interior a nuestro destino. Monterey, Carmel, Big Sur, Santa Bárbara, Santa Mónica, iban saliendo a nuestro encuentro con nombres tan cercanos que parecía que ya habíamos estado por allí en otra ocasión.

Los Angeles, inabarcable, donde la vista no da para alcanzar sus límites, ni siquiera desde el gran mirador que es el alto del Observatorio. Que estábamos en LA no tenía duda; el primer acercamiento a Hollywood Boulevard nos lo impidió un corte de calles, cuyo origen aclaró el noticiero de la noche en televisión. Una serie de disparos habían acabado con la vida de tres personas; lo vivíamos como una película pero estaba ocurriendo de verdad.

Las siguientes etapas nos llevaron a Yosemite con sus secuoyas y la gran pared del Capitán presidiéndolo todo, Lake Tahoe de un azul tan intenso que uno tendría miedo a sumergirse en sus aguas no fuera a entrar en otra dimensión, Reno y sus casinos con menú-ganga de langosta así como una gran nevada para hacer honor al estado donde nos encontrábamos; y de vuelta a San Francisco.

California, diciembre de 1992

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En San Francisco se encontraba nuestro compañero Ricardo Ruiz cumpliendo su año de fellow, e hizo de amable anfitrión brindándonos su piso. El amanecer en La Marina, cerca del Golden Gate, fué todo un lujo. Un paseo a esas horas y recibías el saludo de los madrugadores, algunos acompañando a su perro, otros corriendo… y la bahía con su puente aún más encendido por el primer sol de la mañana. San Francisco, esa ciudad con nombre de Papa amable.

Comentario a la foto del Capitán: no está al reves, es el reflejo sobre el río.

No se había cumplido un mes de este último viaje y se acabó la continuidad laboral, vamos, que mis compañeros de promoción y yo nos fuimos al paro. Ya algunos empezaron a mencionar esa palabra maldita, crisis, que hoy nos inunda y que si  los “fastos” del ’92 tenían la culpa. El caso es que en el primer trimestre del ’93 estoy buscando un piso de alquiler en Vitoria para instalar una consulta. Y vuelvo a mi ciudad de juventud que parecía estar escasa de dermatólogos. Mi predisposición a la movilidad laboral estaba fuera de toda duda y parece que ha terminado siendo una de mis señas de identidad.

El piso de la consulta, céntrico y holgado, que eran los cánones a repetir. Todos los ahorros  de mis cuatro años hospitalarios (600.000 pts) se fueron en equipar la consulta. Permitió traer un electrobisturí de radiofrecuencia y un equipo de crioterápia de mi viaje a EEUU. Parte importante de la inversión tenía que ser el despacho; sillón principal y confidentes, de piel, pues no en vano iba a ser la consulta de un  dermatólogo. La inversión fue rentable ya que mantienen el estado original y para mi ya tienen un valor simbólico importante.

Ni que decir tiene que el dinero que entraba por el paro (97.000 pts al mes), salía hacia la cuenta de la propietaria del piso y en medio quedaban cuatro pesetas para gastos. El caso era salir adelante como fuera.

“Todos los comienzos son duros”, era el mantra que repetían  una y otra vez para animarte. Ánimo yo tenía de sobra, pero como el dinero es el que te mantiene, había que buscar savia para el negocio, que por la pinta que tenía iba a tener crecimiento a ritmo de secuoya. Aquellos que pronosticaron crecimientos florales, desconocían la idiosincrasia de una ciudad pequeña donde lo que se aprecia es que un profesional de la dermatología aparece como un paracaidista en una fiesta privada donde nadie le espera y por tanto da igual de donde venga.

La savia la fuimos buscando en contratos interrumpidos en distintos Hospitales (Galdácano, Mondragón, Guadalajara) y dos años después de vuelta al Hospital Doce de Octubre. Abrir otro despacho en Madrid fue una consecuencia inmediata, dadas las condiciones precarias de contratación del momento. Dos ciudades, dos consultas y un hospital que no terminaba de ofrecer un contrato indefinido. Las dos “secuoyas” fueron creciendo y terminaron por hacer sombra al hospital.

Raices de secuoya.

Raices de secuoya.

Sobre la secuoya:

“La forma en que está diseñada su estructura es llamativa: a partir de la misma raíz crecen troncos independientes pero muy próximos unos de otros, de forma que si uno fuera dañado, los demás se desarrollaran independientemente, aunque aportando savia al tronco que la necesita”.

Los láseres en el ’98 vinieron a abonar un terreno adaptado y una estructura que ya estaba cogiendo cuerpo, dando continuidad hasta la fecha a esa ilusión inicial sin la cual es difícil mantenerse… pero esta historia la podremos contar en otra ocasión.

Este memorándum es mi forma de homenaje a todos los que, de una forma u otra, habéis confiado en este proyecto y que sois la verdadera savia que lo mantiene vivo. Como sabéis, este árbol que sirve de metáfora no es ajeno a inclemencias y tras los incendios vuelve a recuperarse desde el tronco. Como mi deseo es que continúe por lo menos  otros 20 años más…

¡Os espero para celebrarlo en el ´33!

Mi hija Natalia de 10 años, aportando su toque artístico en el post.

Mi hija Natalia de 10 años, aportando su toque artístico en el post.

Eduardo Lauzurica. Dermatólogo

Ubicación en Madrid

Ubicación en Vitoria

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