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La excelencia de un equipo

Las noches de verano son cortas y la actividad en una gran ciudad sigue acelerada; parece no tener en cuenta los ritmos circadianos. El servicio de urgencias de un hospital es su pulsómetro, y cuando se cubren las guardias de Cirugía Plástica doy fe que ese frenesí lo percibes, no te deja indiferente.

Siempre pensé que entrar de guardia era cruzar el umbral hacia una dimensión distinta de la realidad; como ya dijo el poeta surrealista Paul Éluard: “ hay otros mundos…, pero están en este” 

¿Hay varios mundos interconectados?

¿Hay varios mundos interconectados?

  Esa noche sin embargo busqué pronto el descanso de la cama , al poco de despedir a mi adjunto, aún a sabiendas de que la una de la madrugada me daba muchas posibilidades de romper el sueño. Y no nos defraudó.

No habían pasado ni veinte minutos y ya estaba sonando mi “busca”. Contaba con ello, pero no con que la telefonista de centralita me dijese lo siguiente:

– Doctor, Cirugía Plástica a la UCI de la baja.

En casi cuatro años era la primera vez que se me requería para esa unidad y aún con el aturdimiento del primer sueño y mientras me vestía, intentaba imaginar porqué la UCI a esas horas solicitaba nuestra presencia.

El Hospital Doce de Octubre es un hospital grande y tenía una unidad de cuidados intensivos en el área de urgencias; recorriendo pasillos ya me encaminaba hacia esa entrada que iba a cruzar por primera vez. Fue empujar la puerta abatible y recibir una pregunta a bocajarro:

– ¿Está el adjunto contigo?

No era habitual ese tipo de recibimientos, así que imaginé que el problema era de primera magnitud. Recuerdo que tranquilicé a mi compañero intensivista sobre este aspecto, y al pedirle que me comentase de que se trataba, soltó como una andanada:

– Varón de 27 años, ha entrado en parada cardiorespiratoria, fractura de clavícula, volet costal, hemoperitoneo (hemorragia interna en abdomen), no sube de 5 de presión sistólica...

“Y…¿qué pinta un cirujano plástico aquí?” -pensé yo, antes de pedirle que me enseñara al enfermo.

Damos unos pasos dentro de esa unidad, los “bits” como música de fondo y las enfermeras ajetreadas. Ya delante del enfermo, antes de descubrir un gran paño verde que le cubría toda la pierna izquierda, me dice:

– Seguro que no has visto nunca una cosa así.

Efectivamente, hacen falta muchos años de profesión para que aquello se cruce en tu vida. Aquel joven tenía un “degloving” de pierna desde la cintura a tobillo.

De forma incomprensible, la piel de toda esta zona se podía abrir de arriba a abajo como un libro;  si hiciésemos un corte longitudinal a la pernera de un pantalón y la volvemos a su posición original, el resultado sería igual. Sin este gesto delator se diría que la pierna estaba bien, puesto que la superficie estaba íntegra, sin magulladuras. Solo mirando con detenimiento se podían apreciar las zonas de corte.

Unos segundos fueron suficientes para ver aquello y salir a avisar a Carlos Villarreal, que algo grave se imaginó; no era habitual tener que recurrir al adjunto por la noche.

– Mejor ven y lo ves – le contesté por teléfono, cuando quiso saber de que se trataba.

Carlos es un cirujano plástico veterano, sin un movimiento más rápido que otro, siempre de buen humor. Ya al final del pasillo vi destacar sus rizos canosos. Su origen ecuatoriano le había dotado de un tono de piel, envidia de muchos, que le daba un aspecto vacacional todo el año. Su sonrisa, de dientes blancos entre labios carnosos, estaba esta vez desdibujada por la preocupación. Sin mediar palabra le franqueo la puerta, y tras observar al enfermo le pregunto si ha visto alguna vez algo parecido.

– Sí, era una niña y estuvimos más de 8 horas en quirófano.

– Carlos, no creo que tengamos opción, está con sangrado abdominal y una sistólica como para pensarse la entrada en quirófano.

– ¿Quienes están de guardia en cirugía general? – preguntó.

– “Los Garrote” ( era la manera de llamar al equipo, por el nombre del responsable de la guardia).

Ese nombre le cambió la cara, y esbozó una sonrisa antes de vaticinar lo que en escasos minutos iba a pasar. El azar había hecho coincidir un caso extraordinario con un cirujano valiente.

El doctor Garrote llegó con su equipó, vio y decidió.

– Lo meto a quirófano – dirigiéndose a nosotros según abandonaba la UCI.

Esta decisión era crucial para un enfermo que perdía sangre por algún órgano interno y que no remontaba su presión arterial; a su vez esa situación desaconsejaba la intervención. Este bucle fatal se  acababa de romper.

Equipo de cirujanos trabajando en quirófano

Equipo de cirujanos trabajando en quirófano. (Autor: Javier Bernatene)

Los dos nos quedamos solos. En esas circunstancias el tiempo pasa de otra forma, comentamos muchas cosas y una de ellas era la posibilidad de que el enfermo no superase la intervención. Creo recordar que no había pasado ni una hora, cuando el buscapersonas nos avisa para que acudamos al quirófano.

Un perfil de envergadura destacaba del resto de congregados alrededor de la mesa de quirófano, se aproxima al vernos y nos  informa que ha cerrado una fisura hepática, dando por finalizada su parte.

En poco tiempo la situación tenía otro cariz.

Llega el momento de valorar el estado de esa pierna maltrecha y para eso se convoca al equipo de traumatólogos y al cirujano vascular. Recuerdo la cara de asombro de los tres, delante de ese miembro en semejante estado.

Hubo fotografías, pués aquella pierna entrenada tenía toda su anatomía a la vista y en perfecto estado vasculo-nervioso. No había roturas musculares y todos los vasos grandes estaban ahí, latiendo a nuestro alcance, en una auténtica vivisección.

La conclusión tras valorar el estado de las cosas fué tajante; con piel, la pierna era viable, sin ella los traumatólogos optarían por amputarla junto con parte de la pelvis.

Carlos no lo dudó, había que intentarlo, y se comenzó la gestión para localizar en el resto de hospitales de Madrid, piel de cerdo liofilizada.

Para entonces el anestesista, gran artífice del mantenimiento de esa presión sanguínea en el limite de lo asumible, ponía el punto necesario de hilaridad:

– ¡Nadie nos ha dado permiso para agotar el banco de sangre del hospital!

A su lado ya estaban acumulados en el suelo, más de doce envases vacíos de plasma y sangre.

La piel no estaba cumpliendo una de sus funciones y aunque no sangraba, se perdía plasma de forma constante.

Se instaló una manguera para lavar con cierta presión de agua, el interior de esa piel que tenía restos de tierra  y material oscuro. Fue el paso previo a retirar aquel trozo de lo que se ha dado en llamar “el órgano más grande del cuerpo”.

La escena era surrealista pero a la vez reconfortante. Teníamos un paciente joven estabilizado, con su pierna viable esperando una piel que la volviese a proteger. Esa piel la sosteníamos entre tres personas y tensándola desde distintos puntos, procedíamos a quitar la grasa en toda su superficie interior. Esta parte es inviable a la hora de reimplantarla y se retira previamente a su congelación. La labor de “curtido” es larga y tediosa ya que estamos hablando del contorno de toda una pierna.

Llegó la piel liofilizada que fue inmediatamente a cubrir toda la superficie muscular. En los días sucesivos iba a generar una base de agarre, sobre la que volver a colocar la suya propia, sacada de la hibernación.

Las horas discurrieron sin darnos cuenta y con el amanecer llegó el final de la guardia.

No había sido un sueño, pero como en estos, ayudado por unas vacaciones de verano que siguieron inmediatamente a ese día, las imágenes se fueron desvaneciendo. La sensación de irrealidad por lo vivido, no obstante, me acompañó durante varios días.

La siguiente guardia terminó de completar la historia de ese joven profesor de gimnasia, que en una noche de verano y tras pasar una velada  en el Parque de Atracciones con sus alumnos llegados de una ciudad andaluza, es arrastrado por el autobús que les devuelve al hotel.

Es la fatalidad de engancharse la correa de la cámara de fotos a una puerta que se cierra con prisa, y mientras, los gritos de los niños que avisan de lo que están pasando.

– Hola, ¿que tal tienes la pierna?

Me mira con sorpresa y sonríe.

– Estaba de guardia el día que ingresaste.

– Gracias.

Pocas veces una palabra ha encerrado tantos significados.

Cuando el equipo funciona,  uno más uno, son más de dos. Vaya este escrito en homenaje a los profesionales de la sanidad, que en los momentos más difíciles, toman las decisiones pensado exclusivamente en el beneficio del paciente.

Eduardo Lauzurica. Dermatólogo

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