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Alergia

Alergia, en primera persona y sin ambages. Un relato íntimo que nos regala Nuria y que no te dejará indiferente.

     

            “Echo la vista atrás intentando hacer memoria y deducir, cual de todas fue la primera vez que lo viví, pero la verdad… fueron tantas que no consigo ordenar los recuerdos. Como me explicaba mi madre, yo nací así y no quedaba otra que aprender a vivir con ello.
Ay las madres, cuanto saben y que pocas veces se equivocan. Vamos que si aprendí…a la fuerza ahorcan.
Cada nuevo ataque… ¡Era un máster! Si comienza el picor de manos, malo. Si salen habones, doblemente malo. Si se hinchan los ojos y la boca, peor. Y si ya llegamos a la sensación de mareo, nauseas y ahogo…piernas para que os quiero.
Moraleja: Se aprende y rápido, y para cuando te has dado cuenta te has sacado el doctorado.

           Mi infancia transcurrió así, de carrera en carrera hacia el hospital. Navidades con nueces, hospital, verano con melocotón, hospital, celebración de cumpleaños, hospital, aspirina, hospital, agua del mar, hospital y así, un larguísimo etcétera de situaciones que me llevaban constantemente de visita a mi particular “hotel”. Para mí, a esas edades, era un sitio donde iba a pasar unas horas en el mejor de los casos, o varios días en el peor, pero a la vez me sentía cuidada, segura , mimada por el personal sanitario. Cada una de aquellos viajes suponía un mundo: carreras, pinchazos, ingresos, ver el sufrimiento en la mirada de los que me querían. 

De todas formas, si soy sincera, debo reconocer que más de una vez llegue “in extremis” por la inconsciencia de la edad. Me escondía en el baño al notar los primeros síntomas, me sentaba en el suelo temblorosa y comenzaba a rezar todo lo que me habían enseñado las monjas, con la esperanza de que todos los síntomas desaparecieran. Cuando regresaba del hospital, siempre tenía el mismo propósito, atender más en clase de religión para mejorar en el asunto del rezo y tener alguna posibilidad de éxito en la siguiente ocasión.

A todo esto, había que añadirle un factor muy importante, el miedo. El miedo, se instauró en mi vida para quedarse durante muchísimo tiempo. Todo lo que me rodeaba se basaba en el temor.
No tuve la oportunidad de disfrutar de unas colonias, de muchas excursiones con compañeros, de invitaciones de otras madres para celebrar un cumpleaños o una fiesta. A decir verdad, creo que fue más el desconocimiento que el miedo, el que provoco que yo me perdiera todas esas oportunidades de ser un poco más feliz. Tengo claro, que hoy en día, todo sería muy diferente. ¡Ay benditos avances y mi querido Internet!

              Los años fueron pasando, y hubo de todo, como en botica. La distancia en el tiempo me permite ver las cosas de forma más serena, e incluso, que se me escape una sonrisilla recordando alguna que otra “hazaña”.
Hubo una ocasión en que llegué al hospital bastante “fresquita” para lo que solía ser habitual. En el bolsillo, las gominolas restantes responsables de verme como me veía. Sabía perfectamente que esa iba a ser la última vez en sentir ese sabor intenso, dulce, esa textura blandita y pegajosa. Y de repente, me vino a la cabeza una idea: “si ya me he comido casi todas y estoy aquí, por unas cuantas más… ¿no va a pasarme nada peor, no?” Dicho y hecho. ¡La primera a la boca! La empuje con la lengua, que la recuerdo más bien gordita, hacia el paladar. ¡Ummm!, que buena, sabor a fresa. La di un pequeño mordisquito para que el sabor fuese más intenso, luego para la derecha, para la izquierda, un buen apretón contra el cielo de la boca y “pa dentro”. No había tiempo que perder.
A por la segunda, mordisquito, saborear y … ¡Otra de color verde a la boca! Justo en el momento en el que me disponía a empezar con el rito del disfrute, vi unos ojos abiertos como platos mirándome fijamente con la típica expresión de “no me lo puedo creer”. La que no se lo podía creer era yo. Momento acción – reacción, cerrar boca a cal y canto para ocultar el delito, y adoptar posición de defensa frente a un ataque inminente. Tirón por aquí, tirón por allá y como si de una imagen a cámara lenta se tratase, recuerdo como se escapo de mis manos la dichosa bolsita. Lo que vino a continuación mejor ni mencionar. En mi defensa, si es que la hay, tengo que decir que no estaba lejos de la realidad porque nunca más he vuelto a comer un solo “chuche”, pero eso si, tampoco he podido olvidar el sabor de las dichosas gominolas.

           Y un día llego el cambio. Un nuevo ataque anafiláctico marcó en mi, un principio y un final. No fue ni mucho menos el más agresivo, pero las palabras que me dijo el médico de urgencias me hicieron reflexionar y tomar, de una vez por todas, cartas en el asunto.
Empezaron a hacerme diferentes pruebas de alergia, analíticas, pruebas de exposición, comencé a vacunarme y llevar siempre conmigo medicación y adrenalina autoinyectable. Llevar adrenalina no quiere decir que la tengas que utilizarla a la primera de cambio, de hecho yo la llevo desde hace muchísimos años y nunca la he utilizado, pero tengo claro, que si llega el momento, me puede salvar la vida. Yo la veo como al seguro del coche, que hay que tenerlo, pero ¡ojalá no haga falta utilizarlo!

Las exposiciones, aunque fueron duras en muchas ocasiones, me permitieron abrir un nuevo abanico de alimentos. Desde que tengo uso de razón, cuando alguien come junto a mí algo que yo no puedo comer, tiene que soportar un verdadero interrogatorio, y por si eso fuera poco, darme un montón de explicaciones. ¿A qué sabe?, ¿Qué se siente en la boca?, ¿Es parecido el sabor a algo de lo que yo puedo comer?…
Es una necesidad tan fuerte de querer saber a través del otro lo que se siente, que la curiosidad me puede y no se aguantarme. Lo intento controlar, pero nada, no hay manera. Me digo a mi misma, “cuenta hasta 10 y así no preguntarás”, pero para cuando me quiero arrancar con el 1, me oigo haciendo la primera pregunta. Pero… ¿de donde leches ha salido la pregunta si yo quería empezar a contar? Un autentico desastre. Como pondrían en mis tiempos en las notas de calificación: “Necesita mejorar”.

          Mil veces pregunte a muchísimas personas por la naranja. Me apasionaba su color, ese olor intenso cuando se pela, se abre y se separan los gajos.
Llego el día de poderla probar. La pelan, la parten y me dan un gajo al que únicamente le podía dar un pequeño mordisco, esperar 15 minutos y repetir la operación. Primero me la acerqué a la nariz, no había prisa, era mi momento y lo llevaba esperando toda una vida, nunca mejor dicho. ¡Madre del amor hermoso, que olor! La acerque a los labios, la introduje en la boca y mordí medio gajo. Al instante una explosión de líquido, mayormente ácido, se coló en mi boca. ¡Cómo nadie me había dicho que tenía tanto líquido! La sensación fue tal, que el resto del gajo que tenía en la mano, se me cayó al suelo. También notaba en mi boca pequeños trocitos, como ampollitas de algo blandito que se rompía muy fácilmente, solo con hacer una pequeña presión, pero que se resistían a desaparecer totalmente. Llego el momento de tragar e “ipso facto” su sabor volvió a mi boca y su aroma a mi nariz, como si me quisiera dar una nueva oportunidad temiendo que no fuese a repetirse.
Pero la hubo, ¡hombre que la hubo! Y una segunda, una tercera, un plátano con su dulzor, fresas con pepitas entre los dientes, lentejas jugosas que me esperaba secas y una gran cantidad de alimentos que me han dado la oportunidad de poder saltarme el repertorio de preguntas y sentirlos por mi misma.

           Sentir, lo que se dice sentir, nada comparable al chocolate. Nos encontramos en el pasillo de un supermercado y no nos hemos vuelto a separar desde entonces. Desde muy niña era un alimento prohibidísimo para mí; la lecitina de soja que se utiliza como emulgente hacía que fuera algo imposible.
No hace mucho tiempo, entré en el supermercado y encaré el pasillo que me solía saltar. De pronto me encontré rodeada de estanterías llenas de chocolates. Algo en mi dijo: “Chica, por mirar los ingredientes una vez más, no pasa nada”. Azúcar, cacao, manteca de cacao, emulgente (lecitina de girasol), aroma de vainilla…Perdón???!!!! Retrocede!! Emulgente lecitina de girasol??? Pero, como, donde, desde cuando??? Vuelve a leerlo por si te has equivocado… lecitina de girasol, otra vez … Emulgente – lecitina de girasol. Se me nubló la vista.
Busque desesperádamente a mi marido en un primer momento con la mirada, y viendo que no obtenía resultados, decidí correr pasillo arriba, pasillo abajo, eso si, sin abandonar la zona “0” por miedo a que todo fuera un sueño y desapareciese.
Sin rastro de él, me dije a mi misma: ¡ahora o nunca! Abrí una tableta, cogí una onza y me la metí en la boca a la vez que cerraba los ojos. Aún se me ponen los pelos de punta al recordarlo. Dulce con un toque amargo, duro a la hora de morder pero una vez que se mezcla con la saliva se hace maleable. Al moverlo por la boca iba dejando el rastro de su grato sabor y de su textura cremosa y duradera. Una auténtica maravilla. Cuando abrí los ojos, se me empezaron a caer las lágrimas de la emoción. Gire la cabeza y vi a mi marido. Él acelero el paso al ver mi estado y cuando llegó a mi altura me miró atónito. En ese momento solo puede decirle con la voz entrecortada: “¿Quieres una onza?. Está buenísimo y… ¿sabes qué? Se pega en el paladar!” Se echo a reír, cogió una onza y me abrazó. Y allí nos quedamos un rato, disfrutando de mis primeras onzas de chocolate mientras llenaba el carro de tabletas y tabletas. Tuve dolor de estómago durante mucho tiempo.

             Cuantos recuerdos y cuanta lucha. Podría estar una eternidad contando anécdotas, cosas aprendidas con la experiencia, desilusiones vividas, y algún otro sustillo
Pero eso no es lo realmente importante. Lo realmente importante es que sigo andando hacia delante con la ayuda de todas las personas que dan luz a mi pequeña oscuridad.
Siempre estaré agradecida por vuestra ayuda”.

Continuará…

Nuria Bernad

 

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Eduardo Lauzurica. Dermatólogo

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